Un abogado estadounidense, Ralph Nader, se convirtió en los años sesenta del siglo XX en un peligrosísimo (para los fabricantes de automóviles) cruzado contra los defectos de los coches que eran fruto de la producción en masa. Nader tuvo una experiencia personal horrible e inolvidable: vio a un niño decapitado por la portezuela de la guantera de un coche en un accidente de circulación a veinticinco kilómetros por hora. En 1965 publicó un libro titulado Inseguro a cualquier velocidad (26) en el que atacaba crudamente al nuevo y barato modelo de la General Motors, el Corvair, al que Nader acusaba de ser inestable en las curvas, de que el sistema de enfriamiento permitía que el mortal monóxido de carbono entrara en el interior del coche y de que en un choque frontal el conductor podía verse ensartado por la columna de dirección. Nader acusaba duramente a Ed Cole, ingeniero jefe y director general de la Chevrolet, más tarde presidente de la G.M. Del que dijo que: "Durante los últimos veinte años ningún hombre tuvo tanta autoridad y conocimiento para hacer coches seguros y dejó de utilizarlos como ha hecho Ed Cole". La publicidad desencadenada por el libro y los pleitos contra G.M. inspirados por Nader, relacionados con el Corvair acerca de accidentes con resultado de muerte o heridas, acabaron paralizando su fabricación y finalmente haciéndolo desaparecer. (27)
El problema no era que Ed Cole fuera un canalla, que lo era. El
problema era, y es, el sistema capitalista y su encarnación
eminente en la industria del automóvil. Cuando el coche
se diseña para que tenga que ser reemplazado a los pocos
años de uso y de forma que los costes sean lo más
bajos posibles para que los beneficios por unidad sean lo más
altos posible, resulta más que inevitablemente lógico
que se "ahorre" en los costes de la seguridad.
Maryanne Keller relata que un ejecutivo de la G.M. recordó siempre cómo, en su primer informe al comité ejecutivo a finales de los años sesenta, señaló como conclusión de un estudio suyo que "Si alguien compra una camioneta GM, es imposible que no acuda al vendedor de coches durante el primer año". El presidente Roche, sorprendido, le preguntó: "¿Cómo es eso?". Y cuando respondió: "Bueno, es así porque fabricamos coches tan defectuosos que el cliente tiene que acudir necesariamente al vendedor", cayó un manto de silencio mortal en la sala y después de la reunión su jefe le advirtió de que: "En las reuniones administrativas no hablamos de ese tipo de cosas". (28)
Ni se trata de cosas del pasado ni se trata de algo que suceda sólo con los coches baratos. Un informe de 1988 titulado Cadillac, la angustia de América detalló como los coches de lujo de la GM estuvieron llenos de defectos durante los años setenta y ochenta que les hicieron peligrosos en la carretera. Un defecto en el acelerador que producía aumentos de velocidad en momentos inesperados obligó a la mayor retirada de vehículos de toda la historia de Cadillac: 372.466 unidades de los modelos de 1978 y 1979. (29)
Ni se trata sólo de la General Motors. Iaccoca ha contado en su autobiografía los casos de los Aspen y Volaré, lanzados por Chrysler en 1975, de los que dice que eran "automóviles que empezaban a desmontarse al cabo de uno o dos años tan sólo" y que "lo que ocurría con el Aspen y el Volaré era simplemente que no estaban bien construídos. Cuando apretabas el pedal del acelerador, el motor se "ahogaba" hasta calarse; fallaban los frenos, el capó se abría con el automóvil en marcha. Los clientes se quejaron (¡¡¡¡!!!!), y más de tres millones de coches volvieron a los concesionarios para su reparación". (30)
Y también ha contado cosas de modelos de Ford. Por ejemplo del Fairlane de cuatro puertas: "Tan mal construido estaba el coche, que al experimentar la sacudida de un fuerte bache se abrían de golpe las puertas traseras". Y el caso del Ford Pinto, en cuyo relato Iaccoca bate todos los récords de su propia desvergüenza:
"El Pinto tenía dos defectos. El primero, que el
depósito de gasolina estaba ubicado por detrás del
eje, de forma que si se producía un choque fuerte por la
parte trasera existía la posibilidad de que el vehículo
se incendiara. No era el único coche que presentaba este
fallo. En aquel entonces TODOS los automóviles pequeños
tenían el depósito de gasolina en la misma ubicación.
Y, también, todos los utilitarios sufrían de
vez en cuando un aparatoso accidente que acababa con el vehículo
envuelto en llamas. Pero, además, el Pinto tenía
una boca de llenado en el depósito que en ocasiones, a
consecuencia de una colisión, quedaba arrancada de cuajo.
Muchas veces esto provocaba el derrame de gasolina pura, fácil
de prender en cualquier momento, como ocurría a menudo...Al
final retiramos voluntariamente casi un millón y medio
de unidades del modelo Pinto. Esto ocurría en junio
de 1979". (31)
Insisto. Esta "chapuza" capitalista de los fallos de la fabricación de automóviles, este lograr mayores beneficios a costa de mayores riesgos para el comprador y usuario, NO son cosas del pasado. En sólo tres meses del año 1995 sucedieron estas cosas: en febrero Opel se comunicó con dos millones trescientos mil de los usuarios europeos del Astra para que pasaran por su concesionario para solucionar un problema que afectaba al tubo de llenado del depósito de combustible y revisar los sistemas de airbag, Volkswagen llamó a dos millones de usuarios del Golf y del Jetta por un problema en el sistema de refrigeración. En abril Ford tuvo que revisar 40.000 Mondeos por un problema similar al de los Astra, cien mil de cuyos propietarios volvieron a ser llamados por Opel en abril. Eran los cien mil a quienes en febrero no se les había revisado correctamente el airbag del acompañante. Además Opel tuvo que llamar a los propietarios en todo el mundo (80.000) del Omega 2.0i 16V debido a problemas en el circuito de gasolina. (32)
Ha habido muchos más casos incluso más recientes pero bastan esos ejemplos para entender que al automóvil que uno saca del concesionario le precedió, en su fabricación, la chapuza capitalista y le acompañará, durante su vida deliberadamente acortada, la obsolescencia programada por los capitalistas.